El buitre con gafete, cuando la tragedia se vuelve mercancía
Carla Daniela Arce Ramos
Morelia, Michoacán.- Dicen que el periodismo es el «borrador de la historia», pero últimamente parece más el guion de una película de horror donde los directores son mercenarios del clic.
En la carrera desenfrenada por la primicia, muchos medios han confundido el derecho a la información con el morbo, transformando el dolor ajeno en una moneda de cambio barata.
Es repugnante observar cómo, antes de que las familias puedan siquiera procesar una pérdida, los buitres de la comunicación ya están repartiendo culpas.
Politizar la tragedia se ha vuelto el deporte nacional: si hay sangre, hay un culpable político que señalar o una administración que defender.
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En este juego de ajedrez macabro, las víctimas dejan de ser personas con nombres y sueños para convertirse en peones de una narrativa electoral.
No les importa el consuelo de los deudos; les importa cuántas reacciones genera el titular incendiario.
Infancia vulnerada: El límite que nadie respeta
Lo más alarmante es la absoluta falta de escrúpulos cuando hay menores de edad involucrados.
Las leyes y los códigos de ética internacional son claros sobre la protección de la identidad de los niños, pero en la práctica, parece que «el interés periodístico» es la excusa perfecta para pisotear la inocencia.
Subir videos de menores en situaciones de vulnerabilidad o crisis no es informar; es exhibicionismo cruel. Es marcar a un niño o niña de por vida solo por ganar unos segundos de retención de audiencia.

Morelia y sus medios carroñeros
El ejemplo más reciente y doloroso lo vivimos con Víctor Manuel, Anayeli, y su menor hija de 12 años en Morelia.
Un padre, una madre y una hija —cuya condición de sordomudez ya los mantenía en un entorno de lucha y resiliencia—, fueron víctimas de una tragedia que, de por sí, ya era insoportable.
Pero para ciertos «comunicadores», el luto no fue suficiente. Entrar a una sala funeraria para fotografiar féretros no es periodismo; es una profanación. Es no tener un ápice de humanidad.
En un momento donde el silencio y el respeto deberían ser la norma, estos personajes irrumpieron con cámaras para capturar la imagen más cruda posible.
¿A quién le sirve ver el ataúd de una familia que ya no puede defenderse? Solo al algoritmo, ese dios hambriento al que muchos periodistas le han vendido el alma.
Hacer leña del árbol caído se ha vuelto la estrategia de marketing de las redacciones que agonizan por falta de contenido de calidad. El profesionalismo ha muerto en el altar del engagement.
Cuando un reportero prioriza la foto del ataúd por encima de la integridad de una familia destrozada, deja de ser un periodista para convertirse en un carroñero.
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La ética no es un lujo, es la base de este oficio
Si como sociedad seguimos consumiendo y compartiendo este tipo de «notas», somos cómplices del buitre.
Es hora de exigir un periodismo que, si no puede aliviar el dolor, al menos tenga la decencia de no pisotearlo.
La dignidad de las personas debe estar siempre por encima de cualquier estadística de visualización.
El caso de la familia Mújica Hernández debe servir como un recordatorio urgente de que la empatía es el único filtro que nunca debería faltar en una cámara.






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