Olimpia Coral Melo y el costo de convertir el activismo en negocio: denuncias de robo de trabajo, explotación y despojo de ideas fracturan el mito de la heroína única.

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Fotografía propia.

Por Elizabeth Legarreta

El prestigio internacional suele ser el mejor camuflaje para el extractivismo. Olimpia Coral Melo, encumbrada por la revista Time y protegida por el halo de las instituciones globales, enfrenta hoy una realidad que en México se ha intentado denunciar por años: su figura no representa un movimiento, sino una marca construida sobre el borramiento de las bases.

Lo ocurrido recientemente en Argentina no es un evento aislado; es la confirmación de un patrón de despojo de ideas, explotación y politiquería que ha fracturado al feminismo desde la Ciudad de México hasta el cono sur.

Argentina y el «franquiciado» del activismo

El desembarco de la Ley Olimpia en Argentina se operó con la lógica de una franquicia comercial. Activistas locales de provincias como Tucumán, Santa Fe y Jujuy denuncian que la narrativa oficial fue editada para que Melo apareciera como la «mentora» de un proceso que ellas gestionaron solas, tras ser ignoradas por las grandes organizaciones feministas.

El testimonio es demoledor: una activista relata haber sostenido la investigación y el cabildeo local de forma independiente, entendiendo el mundillo digital por su cuenta tras ser victimizada. Esta misma voz narra cómo tuvo que dar la cara en medios de comunicación con un catéter en el riñón, exponiendo su salud para que la ley avanzara.

Una vez que el éxito fue inminente, la figura central se apropió de la autoría, relegando a las mujeres del territorio a ser piezas que deben repetir un guion diseñado para alimentar una marca personal. Quienes buscaron independencia fueron borradas del relato oficial bajo una estructura que premia la obediencia y castiga la autonomía.

En México hay años de denuncias bajo la alfombra

En México, el malestar no es nuevo. Desde las movilizaciones de 2019 y 2020, voces en la Ciudad de México y el norte del país han señalado el robo de trabajo intelectual y operativo.

Se describe una maquinaria que utiliza el dolor de las víctimas como materia prima para el cabildeo de alto nivel. Para Melo, la justicia parece ser un negocio de consultoría política donde el objetivo no es la liberación colectiva, sino el acceso a espacios de poder mediante la centralización de la narrativa.

Este extractivismo activista funciona desplazando a las voces de base que no son funcionales al Estado. Mientras las colectivas enfrentaban la represión en las calles, la figura mediática se encargaba de limpiar la imagen del movimiento ante las instituciones, utilizando el prestigio de foros internacionales como un escudo infranqueable contra cualquier cuestionamiento que surgiera desde abajo.

El despojo y la explotación como método

La trayectoria de Melo se sostiene sobre un sistema de explotación que extrae el intelecto de las compañeras para transformarlo en capital político personal.

El despojo comienza con el robo de ideas: investigaciones, marcos legales y estrategias de comunicación desarrolladas en el territorio son absorbidas y presentadas como visiones individuales en foros de poder.

Esta dinámica se traduce en una explotación laboral y emocional cruda, donde se exige a las activistas de base un compromiso total que incluye poner en riesgo la integridad personal, solo para ser desechadas una vez que su trabajo ha sido capitalizado por la organización central.

Para mantener este esquema, se ejerce una violencia disciplinaria que utiliza desde el hackeo de cuentas personales y el acoso coordinado hasta el uso del estigma psicológico, tildando de «locas» o «agresivas» a quienes reclaman la autoría de su esfuerzo.

El control se cierra con la amenaza institucional; testimonios en México reportan el uso de la propia ley y la cercanía con el poder para amedrentar a compañeras con la cárcel si se atreven a romper el silencio.

Esta forma de operar revela que el feminismo de jerarquías es una réplica exacta de las lógicas de despojo que dice combatir. Las voces que hoy emergen exigen que el reconocimiento regrese a las manos que realmente trabajan en el territorio. No hay pedestal que justifique el robo del esfuerzo ajeno.


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