La Violencia Simbólica contra las Mujeres en el Poder
Carla Daniela Arce Ramos
Morelia, Michoacán.- Históricamente, el espacio público y las sillas de toma de decisiones fueron diseñados por y para hombres. Hoy, aunque nombres como el de la presidenta Claudia Sheinbaum o el de la rectora de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), Yarabí Ávila, ocupan los titulares por sus funciones ejecutivas, el discurso de odio que las rodea revela una verdad incómoda: la sociedad aún no perdona que las mujeres hayan abandonado el ámbito privado.
La crítica política es necesaria en toda democracia, sin embargo, lo que observamos no es una evaluación de sus políticas públicas o de su gestión administrativa, lo que vemos es un despliegue de violencia simbólica que busca, a través del insulto, devolverlas al lugar de subordinación del que «osaron» salir.
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El léxico de la misoginia: ¿Por qué «sirvientas» o «putas»?
Es revelador analizar las palabras elegidas para atacarlas. Términos como «sirvienta» o «ama de llaves» no son gratuitos; buscan despojar a la mujer de su autoridad académica y política para recordarle que su «función natural», según el patriarcado, es el servicio doméstico.
Por otro lado, el uso de epítetos como «puta» intenta atacar el único terreno donde históricamente se ha juzgado el valor de una mujer: su moralidad sexual y su cuerpo.
A diferencia de los hombres en el poder, a quienes se les critica por su «ineficiencia», «corrupción» o «autoritarismo» (atributos vinculados al ejercicio del poder), a las mujeres se les ataca desde su condición de género.
Al hombre se le cuestiona el qué hace; a la mujer se le cuestiona el quién es y si tiene «permiso» de estar ahí.

La descalificación como cortina de humo
Esta estrategia de descalificación tiene un objetivo perverso: anular la objetividad. Cuando el debate se centra en si una funcionaria es «sumisa» o en cómo se viste, se evita discutir lo importante.
- ¿Estamos de acuerdo con el presupuesto universitario?
- ¿Qué opinamos de la estrategia de seguridad nacional?
Esas son las preguntas que deberían ocupar la agenda, sin embargo, el insulto misógino actúa como una cortina de humo que infantiliza a las mujeres líderes, presentándolas no como sujetos políticos con agencia, sino como figuras decorativas o subordinadas.
«El insulto a la mujer en el poder no busca corregir su rumbo político, busca castigar su ambición».
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Un fenómeno exclusivo y excluyente
Históricamente, la desacreditación mediante la «duda de la capacidad intelectual» o la «tacha moral» es una herramienta que no se aplica a los hombres de la misma forma.
A un gobernador difícilmente se le llamará «sirviente» para menoscabar su gestión; se le llamará «tirano».
El lenguaje es un espejo de la estructura de poder: para el hombre, el poder es un atributo; para la mujer, parece ser un préstamo que el sistema intenta cobrar mediante el escarnio público.
Urge transitar hacia una crítica que sea capaz de ver a la presidenta o a la rectora como las funcionarias que son.
Podemos y debemos ser implacables con sus errores administrativos, pero cuando la crítica se convierte en un ataque a su dignidad humana y de género, no estamos haciendo periodismo ni política: estamos perpetuando el machismo más rancio que se niega a morir.






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