Imagen del corto «This land is mine» de Nina Paley / Foto: Internet

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Pao Stump

Hoy te traigo una recomendación diferente a lo habitual. No es una película, es un cortometraje con la duración de apenas una canción que me parece que viene muy apropiada con los tiempos que vivimos actualmente, gobernados por sujetos que reclaman, invaden, ofenden bajo pretextos de bondad y beneficencia.

La guerra nos sopla la nuca y con su actual propaganda a través de las redes sociales, nos empieza a sonar como una opción viable.

El retorno de la llamativa figura del hombre “héroe de guerra”, que deja de lado a aquellos que son asesinados dentro y fuera del campo de batalla.

Puedes verlo en Youtube, sólo escribe “This Land is Mine Nina Paley”. Hay versiones subtituladas al español que te harán ver el contraste entre la letra de la canción, lo que se escucha y lo que se ve.

La engolada voz del cantante Andy Williams interpretando la “Canción del Éxodo” es el lienzo perfecto sobre el cual Nina Paley reinterpreta las palabras de este himno épico para contar la verdadera historia de la guerra.

Imagen del corto «This land is mine» de Nina Paley / Foto: Internet

En ese caso, la guerra por el territorio de Palestina, pero podría ser el caso de cualquier otra guerra.

La guerra, la guerra de siempre, esa que ha sido parte del ser humano desde que alguien a la voz  de la frase “ese es míooo” creó la propiedad privada. Junto ésta, el concepto de envidia, avaricia y ambición surgieron como consecuencias lógicas y lingüísticas.

Y es que al hombre, desde el inicio de los tiempos se le ha sometido a un intenso marketing (desde antes de que este se inventara) de que la guerra, el pelear y el luchar es algo que llevan en la sangre, un propósito que los ayuda a trascender por un bien aún mayor a ellos.

El ser recordado por siglos, ser un héroe, un personaje importante.

El peligro detrás de romantizar las guerras
Superman / Foto: Internet

Aún nos pone la piel de gallina el recordar ese monólogo lleno de motivación de la versión cinematográfica de William Wallace, interpretado por Mel Gibson, en la película Corazón Valiente (1995).

“Han venido a pelear como hombres libres, son hombres libres. ¿Qué harían sin su libertad? ¿Pelear? Peleen y tal vez morirán, huyan y vivirán, aunque sea un tiempo. Y al morir en sus camas, pasados muchos años, no desearán cambiar todos los días a partir de hoy por una oportunidad, sólo una oportunidad de venir aquí y decirle al enemigo que puede tomar nuestra vida, pero jamás nuestra libertad”.

WALLACE, WALLACE, WALLACE

El peligro detrás de romantizar las guerras
Mel Gibson en su papel de William Wallace / Foto: Internet

Qué cursi manera de decir que te da miedo envejecer.

Morir en una guerra es más “honorable” que morir de viejo o a causa de alguna enfermedad. Morir es poco glamouroso y no aporta mucho a la narrativa del héroe fuerte.

La guerra se usa para pelear contra la idea de la decadencia natural de nuestro propio cuerpo.

El Sultán Suleiman, autoapodado “El magnífico” para los cuates y no tan cuates, murió en 1566 a los 72 años, en su decimotercera campaña militar, para arreglar unos “pedillos” en Transilvania.

El Sultán Solimán murió, fue hasta allá sólo para que los libros de historia dijeran que había muerto en una campaña militar, dejando un poco de lado que fue a causa de esa enfermedad llamada “gota”.

El peligro detrás de romantizar las guerras
Retrato de El Sultán Suleiman / Foto: Internet

NO importa si es bajo la justificación de la libertad, conquistar territorios, recuperar los lugares santos, como en las cruzadas o tener una muerte “florida” como lo era para los mexicas. Razones sobran cuando se trata de ir a arriesgar la vida, anteponiendo la importancia de lo político y lo público a la naturalidad de lo doméstico.

La autora Rita Segato en su libro “La guerra contra las mujeres” menciona la existencia de ciertos “códigos de guerra”, entre los que están, que el conflicto armado sólo se llevará a cabo entre los hombres en el campo de batalla, dejando de lado a mujeres y niños.

Sin embargo, es tristemente observable que dichos códigos no se respetan en las zonas de conflicto bélico, al contrario, hay toda una simbología muy bien pensada detrás de dañar y escribir dolor y violencias en los grupos vulnerables y no armados.

Al lastimar a las mujeres y a los niños del bando opuesto, al hacerlos presa de torturas, violaciones y asesinatos se logra dañar el ego, la autoestima y la moral de quienes se supone debían protegerlos porque es más fácil derrotar físicamente a quien ya se siente derrotado de espíritu.

Pero así es ¿no? Los hombres pelean y las mujeres cuidamos. Los hombres destruyen y nosotras re construimos algo que en primer lugar no debió ser destruido.

En Dragon Ball, Gokú salvaba el mundo a madrazo limpio.

El peligro detrás de romantizar las guerras
Goku y Vegetta, personajes de Dragon Ball / Foto: Internet

A Sailor Moon le tocaba salvar el mundo con la fuerza y el poder del amor y los brillitos.

A nosotras se nos ha encomendado la tarea de luchar por la paz, evitar el conflicto, ser calladas, hablar cuando nos lo permiten, salvar a las víctimas de los daños colaterales de guerras sin sentido, luchar por la paz, reconstruir, amar, pero eso es algo que podemos hacer todos si nos desnudamos de los prejuicios y estereotipos gracias a los cuales unos pocos se benefician.

El peligro detrás de romantizar las guerras
Serena, personaje de Sailor Moon / Foto: Internet

Porque en una guerra no hay bandos ganadores, la única ganadora indiscutible es la muerte.


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