La lectura como actividad placentera y no como una competencia
Pao Stump
Morelia, Michoacán.- Durante mi adolescencia encontré un refugio seguro en los libros, pasaron los años y seguí, cada vez más aficionada a la lectura, novelas, poesía, obras de teatro, autores contemporáneos, filosofía, historia…
Me enorgullecía decir que leía alrededor de 50 libros al año, en promedio uno a la semana.
Pero un día me pregunté algo que lo cambió todo: “¿Cuántos de esos libros recordaba?”
Realmente muy pocos.
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Me pavoneaba de haber leído a los clásicos de la literatura, sin embargo, pocos eran realmente “memorables”.
Muchos de ellos, aunque con un sustancioso contenido intelectual, no habían logrado conmoverme y por lo tanto, con el paso de los años, los olvidé.
En mi mente quedaron los recuerdos de lo que sentí al leer, por ejemplo: Frankestein de Mary Shelley; Cumbres Borrascosas de Emily Bronte; obras de Oscar Wilde y Edgar Allan Poe; B. Traven; Gary Jennings y Stefan Zweig.
¿Qué tenían en común estos autores? Leyendo sus obras había logrado sentirme emocionada, conectada a un nivel muy personal a sus historias y personajes. Sentí miedo, enojo, angustia, pasión, alegría, desilusión.
Esas “emociones” de las que la gran mayoría de autores masculinos se quejaban y desdeñaban como un defecto femenino, eran una característica principal de esas historias que tanto me gustaban.

Después de unos años de tanto ruido mental me volví incapaz de leer una página entera sin distraerme.
Ya no era la persona que leía mucho para poder decir que leía mucho. Para sentirse “diferente a las otras chicas”.
En redes sociales miraba con envidia esas publicaciones sobre gente que leía enormes alteros de libros o compartía sus listas de lecturas al año o al mes.
Creí que había perdido esa capacidad para siempre.

Mi reconciliación oficial con la lectura fue hace años cuando comencé a apreciar los libros escritos por mujeres, a disfrutarlos, a escuchar lo que tantas autoras tienen por decir, a percibir con asombro esa capacidad de narrar lo cotidiano de manera extraordinaria.
Hoy en día sigo leyendo, ya no con esa velocidad desenfrenada de la juventud, cuando buscaba callar las voces de mi cabeza con toneladas de libros y parecer inteligente ante una mirada para la que nunca sería suficiente.
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Ahora leer es un momento especial durante el día: buscar un sillón cómodo, una lectura que me emocione, no compararme con los hábitos de lectura de otras personas y disfrutar de las palabras que son los hilos mediante las cuales las autoras tejen ideas, imágenes e historias.






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