El análisis histórico nos grita que los líderes expansionistas no se detienen por apelaciones a la moral o a la ONU (que hoy es un fantasma); solo se detienen cuando encuentran resistencia real. Reconocer que estamos en un momento pre-bélico no es paranoia, es el primer paso para entender que, en 2026, la soberanía está…

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Por Elizabeth Legarreta

Enero de 2026 se siente peligrosamente similar a los meses previos a las grandes catástrofes del siglo pasado. Es momento de señalar con evidencia que esto no es ser alarmista, más bien es tener memoria histórica. La reciente operación militar estadounidense en Venezuela (que culminó con la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero) no fue un hecho aislado, fue el disparo de salida para una nueva realidad geopolítica donde la soberanía ajena es una sugerencia, no una regla.

Ahora, el cañón apunta hacia México. Las declaraciones de Donald Trump, sugiriendo operaciones militares terrestres en suelo mexicano para combatir a los cárteles (con o sin el permiso de nuestro gobierno), marcan la muerte oficial del Derecho Internacional tal como lo conocimos desde 1945. Estamos ante un escenario donde la potencia hegemónica ha decidido que sus fronteras son móviles.

La megalomanía expansionista y la soberanía ajena como estorbo es un estorbo

Sociológicamente, estamos presenciando el retorno del «hombre fuerte» que considera que los tratados internacionales son ataduras burocráticas para su destino manifiesto. Este comportamiento no es nuevo; es el modus operandi clásico de los líderes que necesitan una crisis externa permanente para justificar un poder absoluto.

El paralelismo histórico es necesario para dimensionar el riesgo. Al igual que Napoleón Bonaparte rediseñó el mapa de Europa a cañonazos, justificando sus invasiones como la «exportación necesaria» de la civilización (mientras saqueaba recursos), Trump utiliza una narrativa de «salvación» ante las drogas para justificar la injerencia.

Más oscuro aún es el eco de la década de 1930. Cuando el fascismo europeo decidió expandirse, su argumento central fue la necesidad de «espacio vital» y la protección de sus intereses nacionales ante amenazas externas (muchas veces fabricadas o exageradas). Para esos regímenes, las fronteras de sus vecinos eran irrelevantes frente a su «necesidad suprema». Para el Trump de 2026, México no es una nación soberana con problemas complejos; es una zona de amortiguamiento que debe ser saneada por la fuerza imperial.

Una trampa semántica; «Terrorismo» como permiso para invadir

El paso clave en esta estrategia es la insistencia en designar a los cárteles mexicanos como Organizaciones Terroristas Extranjeras. Esto no es un simple cambio de etiqueta; es la creación del marco legal (bajo leyes estadounidenses, no internacionales) para justificar una invasión.

Al usar la palabra «terrorismo», Trump busca evadir los protocolos de cooperación bilateral y activar leyes de guerra que le permiten «perseguir al enemigo» dondequiera que esté. Sociológicamente, es la deshumanización del territorio: México deja de ser un país y se convierte en un campo de batalla donde se vale todo.

Y tenemos al enemigo en casa… alienación y el deseo de ser ocupados

Pero el análisis estaría incompleto si no miramos hacia adentro. Lo más aterrador de este momento histórico no son solo los drones de Trump, sino el coro de voces dentro de México que piden a gritos esa intervención.

No podemos despachar este fenómeno tildándolo simplemente de «ignorancia» o «malinchismo». Es algo más profundo y peligroso: es alienación política. Es el síntoma de una sociedad rota por décadas de violencia y un Estado fallido que ha abdicado de su función principal de proveer seguridad. Cuando el Estado propio falla sistemáticamente, el ciudadano desesperado empieza a fantasear con el «orden» del amo extranjero.

Hay un sector de la población (consciente de lo que implica una ocupación) que prefiere la bota de un marine estadounidense a la bota del sicario local. Esta es la victoria cultural más grande del imperialismo: lograr que los ocupados deseen la ocupación como un alivio. Es un apoyo consciente al autoritarismo externo como respuesta al colapso interno, y es el caldo de cultivo perfecto para que la intervención ocurra sin gran resistencia civil.

¿Entonces?

La amenaza es existencial. No se trata solo de aranceles o insultos en redes sociales; se trata de la posibilidad real de fuerzas extranjeras operando en nuestro territorio bajo una justificación unilateral, apoyadas por una base social interna alienada.

El análisis histórico nos grita que los líderes expansionistas no se detienen por apelaciones a la moral o a la ONU (que hoy es un fantasma); solo se detienen cuando encuentran resistencia real. Reconocer que estamos en un momento pre-bélico no es paranoia, es el primer paso para entender que, en 2026, la soberanía está bajo asedio desde el norte y desde nuestras propias fracturas internas.


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Una respuesta a «Trump amenaza a México y se escucha el eco fúnebre de 1939»

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