¡Es viernes y el cuerpo lo sabe!
Erika Torreblanca Rojas
Invierno. Parte 1
Es viernes y el cuerpo lo sabe… Sabe que no irás a ningún lado porque tienes cáncer. Bueno, ya no tengo, ya se fue. Ya. Adiós. O no sé…
Muchas cosas raras suceden al recibir un resultado positivo a cáncer en una biopsia. Una de esas rarezas es “decretar”. Pero está bien, por si las dudas, decreto que el cáncer se fue. Se fue, se fue, se fue y no volverá (como tu ex, como mi ex). Ya les platicaré de otras rarezas que me trajo este tumor. Tener cáncer fue convertirme en alguien que no termino de conocer.
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Querida persona que viene a este mundo de letras, hola, soy Erika, me gusta que me digan Eri, tengo 43 años, me gusta el color morado, comer y salir. Hedonista de tiempo completo. Estudié Ciencias de la Comunicación para hacer lo que me gusta, es decir, ser ajonjolí de todos los moles. Standupera, emprendedora, mamá, actualmente doy clases de español en una secundaria (así que tengo más de 30 hij@s) dos viven conmigo junto con una simpática perra llamada Ranita (sí es bien simpática, aquí el adjetivo sí se justifica).
Escribir ha sido mi exorcismo desde hace varios años. Para mí nunca bastó con hacerlo sin que nadie lo lea. Es preciso hacer llegar mi mensaje, necesito comunicar. Hoy más que nunca creo que las mujeres tenemos mucho por decir. Aún cuando hemos ocupado tantos lugares, poco se sabe de nosotras.

Hoy voy a contarte muchas historias. Todas mías.
Soy team calor así que, aunque disfruto mucho las fiestas del último trimestre del año, inevitablemente termino envuelta en la atmósfera oscura del invierno. Emocionalmente hablando, el frío me hace daño. Ahora no fue la excepción.
Yo andaba por la vida muy cómoda. Si bien la primavera llegó con promesas, inicios y flores, el verano con sus lluvias hizo la limpieza merecida. Para octubre el silencio digno del anticipado grito de terror. Transcurrió noviembre como la paz que anticipa la tormenta: “¿Por qué tienes esta bola en el cuello?”
Entonces el vacío.
“Ay no… ¿Cuál pinche bola? No me digas eso” atiné a decir.

Desperté un día viéndome marchita. Tenía meses (varios) sintiéndome exhausta. Cansada hasta el punto de empezar a soñar con los ojos abiertos. No lo digo en un lindo sentido de la expresión. A veces no sabía si estaba dormida o despierta. Yo soy esa persona que no puedes invitar a ver películas porque inevitablemente empezará a roncar. No es mala educación: es que no puedo fijar mi mente en un solo lugar o en una sola cosa. Para mí eso no es funcional. Entonces, me apago. Digo, es normal ¿no? “Soy mujer, soy milusos, soy mamá, vivo estresada, bla, bla, bla…”
Ahora entiendo que el sistema nos ha enseñado a ser invisibles y lo maneja asquerosamente bien. Tengo varios años reconociéndome como feminista, hablo del amor propio con mis peques y alumn@s, me atreví a dar charlas sobre la importancia del autocuidado en otras escuelas. Pero en mi vida cotidiana, estaba muy ocupada para detenerme, entonces preferí hacerme a un lado. “En cuanto tenga chance, descanso”, “estás exagerando”, “es que así es Eri”, “esto no es real, es tu mente” (quizá un autoengaño compartido por varias de mis lectoras).
En fin, les contaba, un día decidí ir a que me hicieran un facial porque no me encantaba mi piel. La notaba marchita, apagada. Quizá era hora de regalarme un momento para mí, pensé. En cuanto me recosté, mi amiga Kathy preguntó sobre una bola rara en el cuello. Comentó que debía realizarme un estudio de tiroides. Ella es una profesional acostumbrada a tratar con varias pacientes, por lo que cualquier cambio lo nota en seguida. Tomó, además, la responsabilidad de hacerme notar que algo no andaba bien en mi cuerpo.
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Dejé pasar un par de días en lo que decidía si atenderme o no. Nuevamente el “ponerme para después”. Fue como sumergirse en agua fría. Respiré hondo y le marqué a mi doctora de cabecera. En seguida ella me canalizó con un radiólogo, quien me adelantó que “esa bola no se veía bien y había que hacer una biopsia” Ahí me la podrían hacer por una cantidad extra de dinero. Se hizo el pago con el nudo en la garganta. Literal.
Debo adelantar que tengo un humor un tanto peculiar. Mientras el doctor me pinchaba el cuello con una aguja de 20 centímetros yo pensaba en cómo iba a salir de esto, los chistes que haría al respecto, la forma en que me burlaría de la vida. Porque no hay otra opción: aquí vamos a seguir viviendo y viviendo bonito. Pasaron 3 días para confirmar las sospechas: cáncer de tiroides.
“Cáncer” y “Muerte” son palabras que incluso las redes sociales prefieren evitar. Yo decidí vivirlas. “Yo no me voy a morir, no ahorita, no por esto”. No me morí y no lo haré pronto. Pero te voy contando, para que vivamos juntas y si en algo te sientes identificada, sepas que somos un montón de mujeres que necesitamos autocuidado.
Como te dije, en esta columna leerás muchas historias, pero sobre todo quiero contarte sobre lo que he vivido. El invierno es más bonito cuando hay un abrazo. Hoy nos abrazamos.






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