Bebé nació de un embrión congelado hace más de 30 años. Foto: Instituto Bernabéu / X

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Karina Vega Ruiz

Morelia, Michoacán.- La biopolítica es la forma en que el poder administra la vida: nacer, reproducirse, enfermar, morir; ya no como decisiones íntimas, sino como asuntos de gestión social.

El cuerpo de las mujeres es un territorio en disputa porque es a través del cuál se gestiona la vida, las tazas de natalidad cada vez disminuyen más y las mujeres, principalmente en las zonas urbanas, en mayor medida deciden iniciar la maternidad en edades mayores.

Sin embargo, el control sobre el cuerpo de una mujer que decidió matenar comienza desde que la decisión se ha tomado.

Esto me recuerda mucho a un texto de la dramaturga costarricense, Ana Istarú, Baby boom en el paraíso, un texto que aborda las vicisitudes, desafíos y cambios físicos y emocionales de una mujer que decide tener su primer hijo, explorando con humor y crítica las presiones sociales, el proceso del embarazo y el parto, y la aventura de la maternidad

La narrativa sobre el primer hijo es constante; la importancia del primer embarazo no pasa desapercibida.

El primer hijo funciona como una prueba del cuerpo, socialmente, al primer embarazo se le carga un peso enorme porque dentro de este se busca demostrar que el cuerpo “funciona”, permite cumplir con una expectativa (familiar, de pareja, médica), por ello cuando no llega rápido, aparece el relato silencioso de “Algo está mal conmigo”.

Ahí el cuerpo deja de ser vivido y se vuelve vigilado: se mide, se calcula, se programa. Eso, paradójicamente, aumenta el estrés, y el estrés sí interfiere con la fertilidad.

Cuando un embarazo no se da de manera “natural” cubriendo el mito de la fertilidad espontánea y como “bendición”, lo planeado, buscado o difícil se vive como fracaso, esto invisibiliza el esfuerzo, el duelo de que no suceda de inmediato y el cansancio emocional del primer intento.

El primer embarazo se vive como una prueba, un examen, una vigilancia que busca demostrar que el cuerpo de la mujer es útil, que sí sirve, la vigilancia es externa pero también interna, esto ha permitido que la industria farmacéutica tenga en el mercado pruebas de ovulación y congelación de óvulos que generan que las mujeres se autovigilen.

El primer hijo en la época de congelación de óvulos
Imagen Ilustrativa / Foto: Instituto Bernabéu

La vida se vigila, el primer embarazo funciona como una especie de rito de paso:

Antes: el cuerpo es potencialmente fértil

Después: el cuerpo queda confirmado como fértil

Mientras no ocurre, ese cuerpo queda en una zona ambigua, sospechosa: ¿Por qué no? ¿Ya lo intentaron? ¿Qué es lo que anda mal?

Ahí la biopolítica opera no con castigo, sino con expectativa.

El primer hijo en la época de congelación de óvulos
Imagen Ilustrativa / Foto: Natural Womanhood

La dificultad del primero no es solo biológica, cuando el primer embarazo tarda, no solo se vive un retraso biológico, sino, una interrupción del guion social, una falla en el tiempo “correcto” de la reproducción, esta “falla”; el tiempo se va a cargar en el cuerpo de las mujeres cuestionando su edad biológica, si debió haber esperado menos y se cuestionará cuáles fueron sus prioridades durante sus veintes, porque encontramos discursos que aseguran cosas sobre la edad reproductiva de las mujeres, en los que casi se afirma que deben de embarazarse antes de los 30, porque de no hacerlo después será casi imposible; si el embarazo no llega de manera inmediata se obtendrá una desobediencia involuntaria al mandato reproductivo.

Haciendo que el cuerpo se vuelva objeto de estudios, diagnósticos, recomendaciones e intervenciones. De esta manera la mujer empieza a autogobernarse contando los días, midiendo los flujos, regulando hábitos, vigilando sus emociones.

Esto es biopolítica pura: el poder ya no necesita imponer; el sujeto se regula solo.

El primer hijo en la época de congelación de óvulos
Imagen Ilustrativa / Foto: In Vitro Buenos Aires

Durante la espera del primer embrazo es el momento en que el cuerpo es evaluado, la norma se impone y la vida privada se vuelve asunto público; después del primer embarazo, el cuerpo ya está disciplinado, clasificado y aceptado.

Por ello, la decisión de maternar, cuándo, en qué condiciones, hacerlo sola, con amigas, con una pareja o decidir no hacerlo, se convierte en una decisión política sobre nuestras vidas y nuestros cuerpos.


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One response to “El primer hijo en la época de congelación de óvulos”

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