La hipocresía del Sí a la vida y el silencio cómplice ante la trata en Tlaxcala, un análisis de Carla Arce Ramos sobre la reciente legalización del aborto que ha destapado la profunda ignorancia de los sectores conservadores de la sociedad mexicana, quienes se oponen a esta medida pero solapan la violación y la trata…

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Por Carla Arce Ramos

La reciente legalización del aborto en Tlaxcala ha destapado, una vez más, la profunda ignorancia de los sectores conservadores de la sociedad mexicana.

Mientras las campanas de las iglesias repican en protesta y los grupos «pro-vida» se rasgan las vestiduras por la interrupción de un embarazo en las primeras semanas, un silencio sepulcral reina sobre la verdadera tragedia que azota a la entidad: Tlaxcala es conocida mundialmente como la cuna de la trata de personas con fines de explotación sexual.

Es imposible no notar la ironía cruel. Los mismos grupos que exigen el control absoluto sobre los úteros de las mujeres para «proteger la vida», parecen no tener inconveniente con que los cuerpos de niñas y mujeres sean vendidos, violados y desechados en el corredor de la trata que conecta Tenancingo con Nueva York.

El problema nunca ha sido la vida, sino el control

Para el conservadurismo, la mujer que decide abortar es una criminal porque ejerce autonomía sobre su cuerpo, sin embargo, la mujer que es explotada sexualmente en los bares y hoteles de paso del estado es vista como un daño colateral o una realidad incómoda que es mejor ignorar.

Se condena a quien decide no ser madre, pero se tolera el sistema patriarcal que reduce a las mujeres a mercancía.

Criticar el aborto en Tlaxcala sin mirar el contexto de violencia sexual es un acto de ceguera voluntaria.

Muchas de las mujeres y niñas en la entidad son víctimas de proxenetas que utilizan el embarazo como mecanismo de control y apego.

Forzar a una víctima de trata a llevar a término un embarazo no es «defender la vida», es perpetuar la tortura y asegurar la siguiente generación de víctimas para el sistema de explotación.

La moral conservadora se detiene donde empieza el negocio patriarcal. Gritan frente a las clínicas de salud, pero callan frente a las redes de prostitución forzada que operan a la luz del día.

¿Dónde está la indignación por las nacidas?

Si la preocupación fuera genuinamente la vida humana, los grupos conservadores deberían ser los principales aliados en la lucha contra la trata, deberían estar bloqueando las carreteras para exigir la búsqueda de las desaparecidas y el desmantelamiento de las redes de proxenetas en el sur del estado.

Sin embargo, la realidad es que la legalización del aborto les molesta porque desafía el mandato de sumisión.

La trata, por otro lado, aunque ilegal, sigue una lógica que el patriarcado entiende bien: la mujer como objeto al servicio del deseo o la reproducción masculina.

Celebrar la legalización del aborto en Tlaxcala es un triunfo de la dignidad, pero la lucha no estará completa hasta que la sociedad que hoy condena a las mujeres por decidir, empiece a condenar con la misma ferocidad a quienes las compran, las venden y las explotan.

Mientras sigan llorando por embriones y callando por las niñas esclavizadas, su «defensa de la vida» no será más que una defensa del control patriarcal.

Para entender la magnitud de la hipocresía, es necesario mirar los números que manchan al estado, cifras que rara vez se mencionan en los púlpitos o en las marchas «pro-vida».

Tlaxcala no es un punto cualquiera en el mapa del crimen organizado, es el corazón del llamado «Corredor de la Trata» que conecta a Puebla y a esta entidad, con la frontera norte y ciudades estadounidenses como Nueva York.

Según informes de organizaciones no gubernamentales y del propio gobierno de Estados Unidos, municipios como Tenancingo, San Pablo del Monte y Acuamanala son epicentros donde la explotación sexual es, trágicamente, una «economía familiar» normalizada.

Aunque el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública  reporta carpetas de investigación, la realidad es mucho peor.

Se estima que por cada caso denunciado, existen decenas que permanecen en la sombra debido al miedo, la corrupción de autoridades locales y la normalización cultural del «padrote».

 El método del «Enamoramiento».

A diferencia del secuestro violento directo, en Tlaxcala predomina el método del enamoramiento. Niñas de entre 12 y 16 años (a menudo de estados vecinos o zonas rurales de Tlaxcala) son seducidas, embarazadas y manipuladas emocionalmente para ser prostituidas.

Aquí el embarazo se usa como arma. Los tratantes embarazan a las víctimas para generar dependencia económica y afectiva, o para obligarlas a trabajar más bajo la amenaza de quitarles al bebé.

 ¿Dónde está la defensa de la vida de ese bebé que nace siendo rehén de una red de trata? ¿Dónde está la protección para esa niña-madre que es obligada a tener un hijo producto de la coacción?

Informes históricos del Departamento de Justicia de Estados Unidos han llegado a estimar que un porcentaje alarmante de las mujeres rescatadas en redes de explotación sexual en zonas de la Costa Este provienen o fueron traficadas por redes con base en Tlaxcala.

Estamos hablando de una crisis humanitaria transnacional que ocurre frente a las narices de quienes hoy bloquean las clínicas de salud reproductiva.

Las estadísticas son frías, pero la realidad quema: Mientras los grupos conservadores invierten recursos y capital político en impedir que una mujer decida sobre su maternidad en las primeras 12 semanas, Tlaxcala se mantiene en los primeros lugares nacionales en incidencia delictiva de trata de mujeres.

Resulta ofensivo que se exija a las mujeres ‘cerrar las piernas’ para no abortar, mientras se guarda un silencio cómplice ante los hombres que, en municipios como Tenancingo, fuerzan a niñas a abrirlas y la violan hasta 30 veces al día.

Si su lucha fuera verdaderamente por la dignidad humana, estarían desmantelando las redes de padrotes con la misma furia con la que intentan desmantelar los derechos reproductivos.


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2 respuestas a «La hipocresía del Sí a la vida y el silencio cómplice ante la trata en Tlaxcala»

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