Al negar el acceso al diaconado, la institución envía el mensaje de que el trabajo de las mujeres es útil para servir, pero su naturaleza es insuficiente para representar a la divinidad o tener autoridad; es una forma clásica de explotación donde se extrae valor sin otorgar estatus

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Por Carla Arce Ramos

En el periódico La Jornada hoy leemos la nota El Vaticano rechaza de nuevo que mujeres sean ordenadas como diaconisas” sobre la cual abonaremos al diálogo desde esta trinchera.

 “La Iglesia Católica reserva el sacerdocio para los hombres, diciendo que Cristo eligió solo a hombres como sus 12 Apóstoles”, esta decisión del Vaticano puede desglosarse en tres pilares fundamentales de opresión:

El argumento de que admitir mujeres al diaconado es una «pendiente resbaladiza» hacia la ordenación sacerdotal es, quizás, la confesión más reveladora del texto.

Esta frase admite implícitamente que no existe un argumento teológico sólido contra el diaconado femenino per se (ya que existieron diaconisas en la iglesia primitiva), sino que el rechazo se basa en el miedo político.

La jerarquía eclesiástica actúa como guardiana de un club exclusivo. El miedo no es a que las mujeres no puedan realizar la tarea, sino a que, una vez demostrada su competencia en el altar, la justificación para negarles el sacerdocio se derrumbe por completo.

Las mujeres realizamos «gran parte del trabajo» en escuelas y hospitales, esto ilustra perfectamente el concepto feminista de la economía del cuidado aplicada a la religión.

La Iglesia depende funcionalmente de la mano de obra femenina para su misión social y educativa, pero reserva la toma de decisiones, la administración de los sacramentos y el capital simbólico (el sacerdocio) exclusivamente para los hombres.

Al negar el acceso al diaconado, la institución envía el mensaje de que el trabajo de las mujeres es útil para servir, pero su naturaleza es insuficiente para representar a la divinidad o tener autoridad.

Es una forma clásica de explotación donde se extrae valor sin otorgar estatus.

El argumento final de que «Cristo eligió solo a hombres» es una interpretación histórica selectiva utilizada para naturalizar la exclusión.

El feminismo teológico critica que la Iglesia eleve el sexo de los apóstoles a categoría dogmática.

Este argumento ignora deliberadamente el papel de figuras como María Magdalena (conocida como la «apóstol de los apóstoles») y las diaconisas de los primeros siglos, reescribiendo la historia para justificar una estructura de poder actual.

La decisión del Vaticano no es un acto de preservación de la tradición, sino un acto de violencia simbólica.

Al calificar la igualdad como una «pendiente» (algo peligroso por lo que se cae), la institución reafirma que el cuerpo de la mujer es apto para el trabajo subordinado, pero ontológicamente inadecuado para lo sagrado.


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