Para Fernanda Palacios, escribir canciones no fue un proyecto profesional ni una aspiración artística: fue un modo de sostenerse a sí misma cuando la vida parecía no darle tregua.

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Para Fernanda Palacios, escribir canciones no fue un proyecto profesional ni una aspiración artística: fue un modo de sostenerse a sí misma cuando la vida parecía no darle tregua. Su historia musical comenzó en 2014, cuando compuso su primera canción  “Dónde están?”sin imaginar que ese gesto sería la puerta a una forma de narrar el mundo. Esa canción surgió del caso de Ayotzinapa que  marco en Fer su corazón pues ella también era estudiante y vivía en una casa de estudiante, este ejercicio creativo la marcaría profundamente: una composición compartida con el músico Roberto Lino Merino Jiménez.

“Era una canción que en ese entonces nos conmovió; la hicimos juntos y la tocamos en marchas, en fechas tan simbólicas como el 2 de octubre o el 10 de junio”. Ahí descubrió que su música podía caminar acompañada de luchas colectivas. Desde entonces —dice— comenzó su verdadera constancia como cantautora.

Pero su música no nació en escenarios: nació en la precariedad. Fer llegó a Morelia “como todas”, dice, desde una comunidad marginada, con el único objetivo de terminar su carrera. Vivió tres años en una casa del estudiante, hasta que represiones y agresiones políticas la obligaron a salir. Terminó la licenciatura entre pobreza, violencia y jornadas extenuantes en las que debía decidir entre estudiar o trabajar: terminó haciendo ambas.

Después de graduarse, consiguió empleo en una fábrica de botellas, donde las mujeres trabajaban doce horas seguidas, con sueldos mínimos y sin descanso. Fer veía a sus compañeras —casi todas madres solteras, casi todas obligadas a quedarse ahí porque no había otra opción— y esa imagen, repetida a diario, se le clavó en el cuerpo. “Ahí fue que vi a las muchachas. Jornadas de doce horas… puras mujeres explotadas. Era llegar a tu casa a dormir y nada más”.

Fue en ese contexto donde nació Mamá Chunchú.

La niña, la fábrica y la canción que no era para niñas

“Mamá Chunchú”, explica Fer, “habla de una niña, pero a la vez no es una canción para niños”. La compuso como un pequeño juego: una niña de nueve años, que vivía en la misma casa donde ella rentaba un cuarto, jugaba con ella a inventar melodías mientras Fer la cuidaba en los ratos que le quedaban libres. Sus padres trabajaban todo el día; la niña crecía sola.

“Jugábamos a componer canciones. Salió un tono y le dije: espérame, voy por la guitarra”, recuerda. Así nació Mamá Chunchú.

Pero la canción no sólo hablaba de esa niña. Era el eco de todas las que Fer veía en la fábrica: hijas e hijos de mujeres agotadas, trabajadoras sin tiempo, infancias que crecían en maternidades y paternidades ausentes por necesidad, no por falta de amor. “La canción parece infantil… pero el mensaje es para los adultos. Es preguntarnos por qué nuestros hijos están creciendo solos, por qué tenemos que trabajar tanto, por qué no hay otras formas de vivir”.

Las otras canciones: amor, desamor y pequeños instantes que quieren quedarse

Aunque Mamá Chunchú es su tema más emblemático, Fer ha escrito otras piezas que revelan distintas capas de su sensibilidad. Le gusta el verso, la imagen precisa, la emoción contenida.

Entre sus canciones destacan:

“Tan sencillito que es amar”, una pieza breve cuyo mensaje es directo, casi inocente, pero profundamente honesto.

“Vivir ahí”, una de sus favoritas, que habla del momento exacto en el que alguien piensa: “estoy siendo muy feliz, no me quiero ir de aquí”. Fer dice que compuso esta canción para capturar ese instante y fijarlo en música.

Cuando la tocó con más instrumentos —bajo, guitarra, arreglos suaves— descubrió su fuerza: “Me di cuenta de que esa canción era poderosa… y que así como esa, varias de mis canciones sólo con guitarra ya son muy fuertes”.

“Mi artífico”, sobre el artificio y la vulnerabilidad que implica amar, perder y volver a amar.

Cada canción, dice, guarda un fragmento de alguien: un pedacito de ella, de una amiga, de una historia vivida o escuchada. “Siempre hay un cachito de personas… un cachito de ti. Qué bonito sería llegar a los 80 años y escuchar una Mamá Chunchú y recordar que la escribiste a los 20”.

Un legado que se construye desde la verdad, no desde el éxito

Después del concurso del 2023 —y del abandono institucional que siguió— Fer se dio dos años para reflexionar sobre lo que significa “tener éxito”. Llegó a la conclusión de que su música no tiene que encajar en las plataformas, ni llegar a miles para existir.

“Mi verdad ahí va a estar. Mientras la gente me pida: ‘Fer, ven, canta tus canciones’, yo voy a ir. Voy a mostrarlas tal como son, aunque el mensaje no les guste”.

Para ella, componer sigue siendo un proceso profundo, amoroso, revelador. Una forma de dejar un legado sencillo pero íntimo: canciones que nacieron de la precariedad, del dolor, pero también de la ternura, del juego con una niña, de la dignidad de mujeres trabajadoras y de esa necesidad universal de querer quedarse en los momentos felices.


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