“Pinceles, Pócimas y Poder: el refugio sagrado de una maestra de arte”
Acompáñanos a descubrir a la mujer que pinta con los dedos lo que el alma ya sabe
Dalia González Ruiz
Morelia, Michoacán.- La casa de Rocío Martínez funciona como biblioteca, taller y refugio espiritual. Allí conviven cartas íntimas de Frida Kahlo, la presencia intelectual de Sor Juana Inés de la Cruz y un tórculo que, bajo presión, “empieza a crear mundos”.
Artista plástica y literata, Rocío no solo pinta: investiga, construye y convoca una memoria femenina que atraviesa siglos.

Visitamos la casa de Rocío Martínez López, directora de la Red de Escritoras de Michoacán, escritora, actriz y artista plástica, quien recientemente nos abrió las puertas no solo de su hogar, sino de un universo tejido con las historias y saberes de muchas mujeres que habitan cada rincón de su espacio y que hoy decide compartir con nosotras.
La erudita: la biblioteca, Sor Juana, Pita Amor y la carta de Frida Kahlo
Entre sus grandes tesoros resalta una carta escrita a mano por Frida Kahlo, dirigida a su amante Alejandro Finster. En ella, Frida le confiesa: “mi niño lindo, tú eres un gran amante para mí”, y le relata un encuentro amoroso en un hotel, recuerda Rocío, guardiana de esta memoria íntima.
Rocío no solo colecciona libros antiguos: custodia la “sabiduría que no pudieron quemar”, esa que se transmite de generación en generación y que hoy reclama su lugar desde la pintura sensorial, la autonomía del martillo y el latido de la sagrada femenina.
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Además de piezas pictóricas —entre ellas una obra de Alfredo Zalce—, su conversación transita constantemente entre la pintura y la escritura.
Destaca su profundo amor por las musas que la inspiran a crear, actuar y escribir, como Guadalupe Amor, mejor conocida como Pita Amor, de quien conserva fotografías de su juventud y una colección de libros que ha reunido tras años de investigación.
“Casualmente descubro que Sor Juana es sagrada, pero escribe de manera profana sobre la corte y sobre el mundo; y Pita Amor, que vivía en la sociedad, gozaba de las fiestas en casa de Emilio ‘El Indio’ Fernández con María Félix y Chavela Vargas, cuando llegaba a su casa hablaba con Dios”, nos comparte.
Entre los libros que resguarda nos muestra uno fechado en 1942, titulado Polvo.
“Es un libro importante, todo es un poema largo que habla sobre el polvo”, explica antes de leer un fragmento:
“Me envuelve el polvo, me inquieta,
¿por qué vendrá de tan lejos
y cómo en residuos viejos
mundos pasados sujeta?
El polvo no tiene meta,
ni principio habrá tenido,
sé que siempre ha contenido
en su eternidad convulsa
la arcana fuerza que impulsa
a lo que es y a lo que hace.”
La bruja: los círculos de trece mujeres y la conexión con la sagrada femenina
La dimensión espiritual que Rocío nos muestra recuerda cómo históricamente las mujeres han sido relegadas de figuras que permitan una conexión plena con lo sagrado.
Como ella señala, muchas religiones nombran únicamente a dioses masculinos: “te enseñan la parte masculina del universo, te dicen que te persignas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y todo es patriarcado, todo son sacerdotes varones”.
Ahí, dice, no hay representación. Rocío relata su paso por la religión católica y otras corrientes espirituales en busca de respuestas, hasta que conoció un grupo de mujeres guiadas por Margarita Verduzco, una “bruja mayor”, quien le mostró esa parte de la historia que —asegura— nos han intentado arrebatar.
Fue a través de estos círculos de mujeres donde comenzó a reconectar su cuerpo, su arte y su alma.
“Necesitamos que nuestras hijas, amigas y hermanas conecten con su corazón y con nuestra parte sagrada femenina del universo”.
Es en uno de estos rincones rituales de su casa donde Rocío encuentra el punto de origen de lo que escribe, pinta y construye con sus propias manos.
La artesana: el tórculo, el incienso y la autonomía de crear
Entramos al taller de serigrafía de Rocío, un espacio lleno de herramientas donde nos muestra cómo ella misma repara su casa: resana, martilla y pinta cada rincón para mantenerlo vivo, no solo como hogar, sino como refugio del conocimiento de muchas mujeres, no solo las que habitan en libros, pinturas y esculturas, sino también aquellas que cruzan su puerta para reunirse, escribir y compartir.
Las paredes guardan palabras, memorias y sueños colectivos.
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Mientras nos muestra el tórculo —herramienta que permite imprimir en papel las placas de piel que ella talla a mano— nos dice:
“Muchas personas piensan que martillar, clavar, resanar es cosa de hombres. No. A mí me fascina. Yo tengo mis martillos, mis taladros”.
“El tórculo es para madurar estas placas… por presión empieza a crear mundos”.
El arte como portal y sabiduría recuperada
Rocío no pinta paisajes: pinta narrativas de poder femenino. Su obra conecta con los espíritus de la naturaleza —duendes, gnomos— que, afirma, la sabiduría patriarcal intentó borrar, pero que las mujeres han sabido conservar.
“Es esa sabiduría que se ha ido perdiendo y que las mujeres reconocemos, sentimos y sabemos. Y, sobre todo, la compartimos”.

Mientras observamos sus pinturas, Rocío se detiene frente a una obra donde una monja aparece atravesando un portal.
Nos explica que se trata de Sor Juana Inés de la Cruz. Nos pregunta qué es lo que vemos; respondemos que su figura parece etérea, como un fantasma presente.
Ella asiente y profundiza: Sor Juana es una presencia sutil frente a la dureza del hombre, una figura marcada contra el muro, rígida, incapaz de percibir la magia.
En la pintura, el contraste es claro. El hombre representa “ese hombre necio”, en alusión directa al poema Hombres necios que acusáis: un poder vertical, violento, que no ve ni siente, que se impone sin escuchar.
Sor Juana, en cambio, aparece como sombra, conocimiento y resistencia; no confronta desde la fuerza, sino desde la inteligencia y lo sagrado.
A partir de esta obra, Rocío reflexiona sobre la crisis contemporánea de la soledad masculina y los cambios en las relaciones de género.
Señala que, a diferencia de otras épocas, las mujeres han conquistado la autonomía y hoy pueden decidir si desean estar solas o en pareja.
Ya no se trata de complementar desde la dependencia, sino de elegir vínculos que permitan crecer de manera paralela y equitativa.






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