Julio Igleisas, cantante acusado de trata y abuso sexual / Foto: Internet

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La investigación abierta por la Fiscalía de la Audiencia Nacional de Madrid tras las denuncias por agresión sexual contra el cantante español Julio Iglesias no puede analizarse únicamente como un caso aislado ni como un escándalo mediático más.

Desde una perspectiva feminista, se trata de un ejemplo claro de cómo el patriarcado se perpetúa a través de mecanismos profundamente normalizados de violencia, silencio e impunidad, especialmente cuando el agresor es un hombre poderoso, famoso y protegido por su capital simbólico y económico.

Las denuncias públicas realizadas por dos mujeres —una empleada doméstica y una fisioterapeuta— revelan un patrón de abuso sostenido en el tiempo, ocurrido en 2021 en propiedades del cantante en República Dominicana y Bahamas.

Ambas describen un entorno laboral coercitivo, amenazante y violento, donde el abuso sexual no solo ocurría, sino que se volvía parte del “ambiente”, de lo cotidiano, de lo esperado.

Aquí resulta fundamental retomar el análisis de Carol J. Adams (Adams, 1990), quien explica que el patriarcado opera mediante un ciclo de opresión compuesto por tres etapas: cosificación, fragmentación y consumo, sostenidas por un concepto central: el referente ausente.

En los testimonios, la cosificación es explícita. Rebeca, la empleada doméstica dominicana, lo dice con crudeza: “Me sentía como un objeto, como una esclava”. Su cuerpo deja de ser sujeto y se convierte en cosa disponible.

Laura, la fisioterapeuta venezolana, relata cómo su cuerpo era vigilado, evaluado y controlado: cuánto comía, si estaba “gorda”, cuándo menstruaba.

El mensaje es claro: su valor no residía en su trabajo, sino en su cuerpo y en la obediencia.

La fragmentación aparece cuando las mujeres dejan de ser vistas como personas completas y pasan a ser reducidas a partes: pechos, genitales, peso, disponibilidad sexual.

Esta fragmentación permite que la violencia se ejerza sin que el agresor —ni el entorno— la reconozcan como tal. No se agrede a “una mujer”, se usa un cuerpo, una función, una parte.

El consumo es el último eslabón: el uso reiterado de los cuerpos femeninos para el placer, el poder y la reafirmación de la masculinidad. “Me usaba casi todas las noches”, afirma Rebeca.

No hay ambigüedad. El abuso se vuelve rutina, y la rutina lo vuelve invisible.

Es aquí donde el referente ausente cobra fuerza. En palabras de Adams, el sistema necesita borrar a la víctima para que el acto violento sea tolerable.

Y eso es exactamente lo que ocurre cuando, frente a testimonios detallados, respaldados por pruebas documentales y años de investigación periodística, las reacciones públicas se centran en defender la reputación del agresor, en calificar las acusaciones de “absurdas” o “mentiras absolutas”, o en alegar que “nunca se había oído nada”.

Las mujeres desaparecen del relato. Sus voces son puestas en duda, minimizadas o relativizadas.

El foco se desplaza hacia la figura del artista, su legado, su fama, su supuesta genialidad.

El abuso se diluye y se normaliza. Como ocurre tantas veces, la pregunta implícita no es ¿qué les hicieron?, sino ¿por qué hablaron ahora?, o ¿cómo es posible que alguien así haya hecho eso?

Las reacciones políticas también evidencian esta tensión. Mientras figuras como la ministra de Igualdad, Ana Redondo, y la líder de Podemos, Ione Belarra, subrayan que “cuando no hay consentimiento, hay agresión” y denuncian el silencio que protege a agresores famosos, otras voces optan por cerrar filas en defensa del ícono masculino, alertando contra un supuesto “linchamiento”.

Este caso no es solo sobre Julio Iglesias. Es sobre un sistema que permite que hombres con poder ejerzan violencia durante décadas mientras las mujeres aprenden a callar para sobrevivir.

Es sobre cómo el abuso se vuelve paisaje, ruido de fondo, algo que “siempre ha pasado”. Y es, sobre todo, una oportunidad para romper el ciclo: para volver a nombrar a las mujeres, devolverles el centro del relato y rechazar la normalización de la violencia.

La sociedad como “consumidora” del relato

En los casos de denuncias contra personas “famosas” —y también contra quienes no lo son— la sociedad tiende a poner en duda los relatos de las víctimas.

Pesa más el temor a que ese referente sea descubierto como agresor y, con ello, la posible descalificación de la obra y la caída del “artista” como figura admirada.

Para seguir disfrutando del ídolo —del “producto”— la sociedad necesita que la víctima se convierta en el referente ausente. Solo así estas conductas pueden normalizarse y perpetuarse, permitiendo el consumo simbólico y material de los cuerpos de las mujeres sin cuestionamientos éticos.

Aunque el feminismo ha ganado visibilidad en redes sociales y en el debate público, y hoy más mujeres pueden hablar, reflexionar y denunciar estos procesos de opresión, la resistencia social a creerles sigue siendo un mecanismo central de protección del patriarcado.

Desde el feminismo, la exigencia es clara: escuchar a las víctimas, investigar sin privilegios y entender que la fama nunca puede ser un escudo frente a la violencia sexual.

Porque mientras el referente ausente siga operando, la opresión continuará repitiéndose —una y otra vez— con distintos nombres, pero con las mismas heridas.

Bibliografía

Adams, C. J. (1990). La política de la Carne : una teoría critica feminista vegetariana. Madrid: Ochodoscuatro Ediciones.

BBC News Mundo. (13 de enero de 2026). La justicia en España investiga las denuncias de abuso sexual de dos mujeres contra el cantante Julio Iglesias. BBC. https://www.bbc.com/mundo/articles/cn8j11y9gl2o


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