¿Tu rostro es una identidad o un expediente militar? ¿Cuáles son las implicaciones de que la SEDENA gestione la identificación biométrica en México?

El Estado mexicano ha dejado de necesitar la fuerza física para ocupar nuestras vidas; ahora le basta con nuestra identidad digital. Con la consolidación de la identificación biométrica en México (esa obligatoriedad de entregar el iris, el rostro y las huellas bajo el amparo de la Ley General de Población), hemos pasado de ser personas con derechos a ser perfiles rastreables en una base de datos centralizada. Lo que nos venden como un avance administrativo es (en términos sociológicos) el perfeccionamiento del control biopolítico sobre una población que ha perdido la posibilidad del anonimato.

El verdadero peligro no reside en la sofisticación de la tecnología, sino en quién sostiene la llave de los servidores. En este 2026, tras la integración operativa y legal de la seguridad pública al mando militar, la SEDENA se ha convertido en la administradora de facto de nuestra información más íntima. No estamos ante un registro civil convencional; estamos ante un inventario de cuerpos bajo sospecha permanente, gestionado por una institución que históricamente ha operado bajo la opacidad y el fuero de la «seguridad nacional».

El fin del anonimato bajo la bota digital

Como ha señalado de forma incisiva la socióloga mexicana Rossana Reguillo, la vigilancia contemporánea no busca únicamente prevenir el delito, sino disciplinar la subjetividad de los ciudadanos. En un país donde el Ejército tiene facultades de inteligencia civil y acceso irrestricto a los sistemas de identificación, la condición básica para la disidencia y la organización social (el anonimato) ha muerto. La biometría vinculada al poder militar crea una asimetría de poder absoluta: ellos saben todo de nosotros (desde nuestra ubicación en tiempo real hasta nuestros rasgos biológicos irrepetibles), mientras que la sociedad civil carece de mecanismos para auditar una sola de sus operaciones de espionaje.

Esta arquitectura de control no es una posibilidad teórica. El uso de herramientas de vigilancia intrusiva contra activistas y periodistas (documentado en el historial de abusos del Centro Militar de Inteligencia) es el antecedente directo de lo que ocurrirá cuando el dato biométrico sea el eje de la identificación oficial. Entregarle al Ejército la base de datos de la población civil es otorgarle la infraestructura necesaria para un estado de excepción automatizado donde el cuerpo mismo se vuelve la evidencia.

Biopolítica y militarismo: La captura de la identidad

La investigadora Pilar Calveiro, fundamental para entender cómo el Estado reorganiza el tejido social a través del miedo, advierte que la militarización de la vida cotidiana requiere la captura total de la identidad. Al convertir nuestro cuerpo en una «llave digital» obligatoria, el Estado anula de facto la presunción de inocencia. Ya no eres una persona con derechos plenos; eres un conjunto de datos biológicos que deben ser validados por un algoritmo militar antes de que puedas acceder a cualquier servicio básico o ejercer tu movilidad por el territorio nacional.

Esta realidad se vuelve especialmente cínica en un contexto nacional con más de 100 mil personas desaparecidas. Resulta ofensivo que el aparato estatal invierta miles de millones de pesos en sistemas de reconocimiento facial y biometría para vigilar a los vivos, mientras se declara incapaz de identificar los miles de restos humanos que saturan las morgues y las fosas comunes del país. La prioridad es clara: el interés no es la identificación humana con fines de justicia, sino la catalogación biométrica para el control social y la vigilancia política.

La claudicación de lo civil frente al mando militar

El diseño de la identificación biométrica en México ignora principios básicos de proporcionalidad y necesidad. Al no existir contrapesos civiles reales (y con un Congreso que ha claudicado sistemáticamente ante las exigencias de las fuerzas armadas), la población queda en una indefensión jurídica total. No existe transparencia sobre quién consulta tus datos, bajo qué pretexto se hace o si tu rostro ha sido incluido en alguna «lista de riesgo» por el simple hecho de aparecer en una toma de dron durante una protesta social o una marcha feminista.

Estamos entrando en una fase donde la militarización ya no se limita a la presencia física de soldados en las calles; ahora los llevamos integrados en el código de nuestras identificaciones oficiales. La biometría es el nuevo territorio ocupado y (a diferencia de la ocupación física) esta es invisible, silenciosa y prácticamente imposible de revertir mediante los canales legales tradicionales.


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