El Estado dijo que murió de gastritis, pero ahora la Corte IDH confirma que Ernestina Ascencio fue asesinada por el ejército mexicano
Tuvieron que pasar 17 años, tres presidentes y una lucha incansable contra el olvido para que la verdad oficial dejara de ser una mentira de Estado. Durante casi dos décadas, el gobierno mexicano sostuvo una versión infame: que Ernestina Ascencio Rosario, una mujer indígena náhuatl de 73 años, había muerto por una «gastritis crónica mal atendida». Hoy, esa mentira se derrumba oficialmente. La Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) ha dictado una sentencia histórica que confirma lo que su comunidad siempre supo: Ernestina Ascencio fue asesinada por el ejército mexicano.
El fallo, notificado recientemente al Estado mexicano, declara al país internacionalmente responsable por la violación, tortura y muerte de la anciana, así como por la discriminación sistemática y la falta de acceso a la justicia. Esta sentencia no solo reivindica a una víctima; desnuda el mecanismo de encubrimiento que se activó desde la Presidencia de la República para proteger a los militares en el inicio de la «Guerra contra el Narco».
La cronología del horror en Zongolica
Para entender la magnitud de esta sentencia, hay que volver al 25 de febrero de 2007. Ernestina pastoreaba sus borregos en un paraje de Soledad Atzompa, en la Sierra de Zongolica, Veracruz. En ese momento, la región estaba ocupada por elementos del 63º Batallón de Infantería, quienes realizaban operativos y habían instalado campamentos cerca de las comunidades indígenas.
Cuando su hija la encontró tirada entre la maleza, gravemente herida, Ernestina pronunció sus últimas palabras en náhuatl: «Pinome Xoxoche», que se traduce como «Los hombres de verde me pegaron». Fue trasladada aún con vida a un hospital rural, donde el personal médico documentó lesiones brutales: desgarros, presencia de fluidos y evidencia clara de violencia sexual. Ernestina falleció la madrugada del 26 de febrero. La primera necropsia, realizada por la Procuraduría de Justicia de Veracruz, confirmó que la causa de muerte fue traumatismo craneoencefálico y fractura de pelvis derivados de una violación tumultuaria.
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La fabricación de la «verdad histórica» de Calderón
Sin embargo, la verdad resultaba políticamente inaceptable para el gobierno de Felipe Calderón, que buscaba legitimar la militarización del país. Apenas unos días después del crimen, y antes de que se cerrara cualquier investigación científica seria, el presidente declaró en una entrevista nacional que Ernestina no había sido violada, sino que había muerto de «gastritis crónica no atendida».
Para sostener esta mentira, el aparato del Estado se movilizó para aplastar la verdad. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), entonces presidida por José Luis Soberanes, jugó un papel vergonzoso. El organismo, supuestamente autónomo, avaló la versión presidencial, desacreditó la primera necropsia y presionó para realizar una segunda revisión del cuerpo. El resultado fue un dictamen forense manipulado que alegaba anemia y úlceras, llegando al absurdo de afirmar que los fluidos encontrados no eran semen, sino una «enzima prostática» producida por la propia víctima.
La Corte IDH: El Ejército la mató
La familia de Ernestina y las organizaciones civiles no aceptaron el carpetazo. Llevaron el caso ante el Sistema Interamericano, denunciando la alteración de pruebas, la presión a los médicos locales y la discriminación por ser mujer, pobre e indígena.
Finalmente, este 2025, la Corte IDH ha puesto punto final a la impunidad narrativa. En su sentencia, el tribunal internacional establece que:
- Existió agresión sexual: Se confirma la violación por parte de agentes estatales (militares).
- Hubo encubrimiento: La versión de la gastritis fue una fabricación deliberada para garantizar la impunidad.
- Violencia institucional: El Estado utilizó sus instituciones, incluida la CNDH, para negar justicia y revictimizar a Ernestina y su familia.
Memoria contra el olvido
La sentencia de la Corte IDH obliga al Estado mexicano a reparar el daño, pero hay cosas que son irreparables. Ernestina Ascencio fue víctima de dos crímenes: la violencia física de los soldados y la violencia institucional de un Estado que prefirió burlarse de su memoria antes que manchar el uniforme verde olivo.
El título de esta nota resume 17 años de infamia: El Estado dijo que murió de gastritis, pero ahora la Corte IDH confirma que Ernestina Ascencio fue asesinada por el ejército mexicano. Que esta verdad quede grabada, para que nunca más una «verdad histórica» proteja a los verdugos.
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