Trump veta a María Corina Machado: La dura lección de que al patriarcado no se le complace, ni siendo «la aliada perfecta»
Por Elizabeth Legarreta
Este lunes 5 de enero de 2026, mientras el mundo apenas digiere la noticia de la intervención militar estadounidense en Caracas y la captura de Nicolás Maduro, una segunda bomba política ha estallado desde la Oficina Oval. Donald Trump ha decidido vetar el ascenso a la presidencia de María Corina Machado.
Para el ojo inexperto, esto podría parecer un simple berrinche diplomático o una estrategia de «estabilidad». Pero para quienes analizamos el poder desde una perspectiva de género y soberanía, lo que está ocurriendo es una clase magistral de cómo operan el intervencionismo imperialista y la violencia patriarcal. La lección es brutal: una mujer puede adoptar la ideología del opresor, puede defender el libre mercado y puede pedir la intervención extranjera, pero nunca dejará de ser, a los ojos del caudillo, una mujer que debe ser sometida.
La falacia de la «Dama de Hierro»: Ser de derecha no te salva
Hablemos claro y sin romantizar: María Corina Machado no es una aliada natural de las causas progresistas. Su agenda es abiertamente neoliberal, privatizadora y conservadora en lo social. Su modelo a seguir es Margaret Thatcher y su propuesta económica se basa en un «capitalismo popular» que busca reducir el Estado al mínimo. En teoría, debería ser la «socia perfecta» para un gobierno republicano en Estados Unidos.
Sin embargo, Trump veta a María Corina Machado. ¿Por qué? Porque el patriarcado no busca socias, busca subordinadas.
El pecado de Machado fue brillar con luz propia. Al ganar el Premio Nobel de la Paz en diciembre de 2025 (un galardón que Trump ha codiciado obsesivamente durante años)cometió el error imperdonable de tener más legitimidad moral internacional que el hombre que tiene las armas. Trump no soporta la competencia, y mucho menos si viene de una mujer latinoamericana intelectualmente articulada que no le debe su carrera a él. Al bloquearla, nos recuerda que en las estructuras de poder masculinas, el mérito femenino se castiga si amenaza la fragilidad del ego del líder.
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Intervencionismo: El desastre de que Washington decida
Más allá del género, este veto desnuda el peligro absoluto del intervencionismo. Que el presidente de Estados Unidos tenga el poder fáctico de decidir quién se sienta en el Palacio de Miraflores es una tragedia para la soberanía latinoamericana.
La narrativa de «liberar a Venezuela» se cae a pedazos cuando vemos que la «libertad» está condicionada al dedo de Trump. Al descartar a la líder más popular de la oposición para coquetear con figuras del régimen como la vicepresidenta Delcy Rodríguez (a quien la Casa Blanca considera más «manejable» para una transición rápida y transaccional), Estados Unidos demuestra que no le interesa la democracia, sino el control. Prefieren un títere cómodo con el que puedan negociar petróleo rápido, que una líder con agenda propia y respaldo popular legítimo.
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La excusa del «Respeto»: Gaslighting geopolítico
La justificación pública de Trump es un caso de libro de violencia política. Al declarar en su conferencia de prensa matutina que ve «muy difícil» que Machado asuma el poder porque, según él, «no cuenta con el respeto dentro del país», está ejerciendo gaslighting a escala internacional.
Decir que la mujer que ganó las primarias con más del 90% de los votos y que sostuvo la resistencia democrática «no tiene respeto», es un intento de reescribir la realidad para ajustarla a sus deseos. Trump utiliza el viejo tropo machista de descalificar la autoridad de una mujer competente para justificar su exclusión de la mesa de los adultos.
El estigma de la mujer en el poder: El espejo con Sheinbaum
Este fenómeno no es exclusivo de Venezuela. En México, lo vemos con nuestros propios matices. El caso de Machado resuena inevitablemente con los desafíos que enfrentan mujeres en el poder como Claudia Sheinbaum. Aunque operan en espectros ideológicos distintos, ambas cargan con el mismo estigma: la necesidad constante de validar su autoridad frente a la sombra de figuras masculinas dominantes (ya sea un mentor político local o una potencia extranjera).
La lección que Trump le está dando al mundo hoy es que las mujeres en la política, incluso las que llegan a la cima, siguen operando en un terreno minado donde su legitimidad es cuestionada al primer signo de independencia real. Si intentas complacer al sistema patriarcal jugando bajo sus reglas (siendo «mano dura», siendo institucional, siendo capitalista), el sistema te usará y luego te desechará cuando tu brillo opaque al del jefe.
Ni imperios ni tutores
Desde Brujas Riot, defender el derecho de María Corina Machado a gobernar no es defender su proyecto de privatización ni su conservadurismo social; es defender el principio básico de que el futuro de Venezuela no se decide en la Casa Blanca.
Lo que Trump está haciendo es violencia política de género. Y nos confirma una verdad incómoda para las liberales que buscan la validación del sistema: no importa cuánto intentes parecerte al opresor para ser respetada; para ellos, siempre serás «demasiado mujer» para tener el poder real.
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