Trump gobernará Venezuela: La trampa de la «transición» y el espejo para México
Por Elizabeth Legarreta
La narrativa oficial es seductora: una intervención rápida, la captura de un símbolo del autoritarismo y la promesa de un gobierno de transición «mientras» se organizan elecciones. Sin embargo, la historia de la hegemonía occidental demuestra que la palabra «mientras» es, en realidad, un cheque en blanco para el saqueo. Lo que la administración de Donald Trump ha instalado en Caracas no es una democracia en espera; es un protectorado diseñado para reconfigurar el tablero energético y político de la región sin las molestias de la diplomacia.
La ficción de la ayuda temporal
Creer que una potencia extranjera puede gestionar la libertad de un pueblo es ignorar siglos de evidencia material. El modelo que estamos presenciando hoy replica la estructura de la Autoridad Provisional de la Coalición instalada en Irak en 2003, donde la supuesta transición sirvió para desmantelar el Estado y abrir las puertas a la privatización forzada de recursos. En la lógica del capital, el vacío de poder no se llena con votos, se llena con contratos.
Este fenómeno se explica a través de la colonialidad del poder, concepto clave de Aníbal Quijano: un sistema donde, tras la fachada de la independencia política, se mantiene un control férreo sobre el trabajo y los recursos del sur. Al tomar las riendas de Venezuela bajo el pretexto de la estabilidad, Washington no busca restaurar el orden, sino imponer uno nuevo donde la industria petrolera pase de manos de una cúpula local a los consorcios que financian las campañas en el Norte.
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El Estado de excepción como herramienta legal
La captura de un mandatario en su propio territorio representa la victoria total del Estado de excepción. Como plantea Giorgio Agamben, el soberano es aquel que tiene la fuerza para suspender la ley vigente e imponer su propia voluntad como norma. Al declarar a Venezuela un foco de «narcoterrorismo», Estados Unidos crea un agujero negro jurídico donde las leyes internacionales ya no aplican.
En este espacio de ilegalidad permitida, el gobierno estadounidense puede administrar activos ajenos y designar autoridades sin responder ante nadie. No se está liberando a una sociedad; se le está convirtiendo en una entidad bajo administración judicial externa, eliminando cualquier rastro de autonomía organizativa.
México en la mira: La marca del «terrorista»
El verdadero riesgo de validar este movimiento es la normalización de la etiqueta. La insistencia de Washington en clasificar a los cárteles mexicanos como Organizaciones Terroristas Extranjeras es el preludio de una intervención similar. Si el «narcoterrorismo» justifica la toma de una capital en Sudamérica, nada impedirá que se aplique la misma lógica en México para «asegurar» las zonas productoras de litio o las rutas comerciales estratégicas.
Llamar «terrorista» al crimen organizado no busca detener el flujo de drogas —un negocio que alimenta al sistema financiero global— sino habilitar el marco legal para que las fuerzas estadounidenses operen en suelo ajeno sin permiso. La soberanía de México está hoy en el mismo corredor de la muerte que la de Venezuela.
Una gestión del despojo
El reemplazo de una bota local por una administración imperial no es un avance. El poder es extractivo por naturaleza. La «pax americana» que ofrece Trump es la paz de los pozos petroleros custodiados por contratistas privados. Lo que hoy ocurre en Venezuela es el perfeccionamiento de un modelo que ya no necesita banderas izadas permanentemente, sino el control total de las finanzas y los recursos. Si no somos capaces de cuestionar esta «ayuda» externa, despertaremos en un continente donde las fronteras solo sirvan para contener a las personas mientras los recursos fluyen libremente hacia el norte.





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