Manifestación de mujeres en exigencia de una educación feminista / Foto: Universidad de Chile

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Ayexa García Ibarra

La cultura de las mujeres ha sido invisibilizada por la patriarcal, relegándola a los roles especialmente de la maternidad y los cuidados impuestos y con ello se distorsiona el legado simbólico. Por otro lado, los discursos alrededor del patrimonio refuerzan las ideas patriarcales de la dominante. Sin embargo, el movimiento feminista ha buscado poner en la mesa el trabajo de las mujeres promoviendo la construcción de una herencia que desafía las narrativas tradicionales.

Uno de esos desafíos es que después de haber analizado y cuestionado los tan mencionados estereotipos y roles de género y su relación en la opresión y desigualdad en las que durante siglos hemos vivido las mujeres, el proponer y en su caso el llevar a cabo ya una educación bajo una visión feminista o la llamada coeducación.

Y es que las referencias culturales que tienen las niñas a su alrededor están plagadas de estereotipos que no las ayudan a construir una identidad completa, no les dan opciones, por mucho que luego insistamos en decirles que “pueden ser lo que quieran ser”. A los niños les ocurre algo parecido, pero la diferencia reside en que ellos no van a padecer las brechas: salarial, de acoso sexual, de violaciones o de agresiones por este motivo.

El papel de la educación es fundamental para visibilizar las desigualdades existentes en la sociedad. El sexismo introduce desigualdad y jerarquización en el trato que reciben unas y otros: provoca consecuencias negativas (para ellas y ellos) porque limita sus posibilidades como personas y les niega determinados comportamientos, pero esto perjudica doblemente a las mujeres, ya que las sitúa en una posición de inferioridad y de dependencia.

En la construcción de las personalidades se generan expectativas diferentes para niñas y niños. Por ejemplo: en educación se han considerado importantes materias como matemáticas, lengua o historia, pero no aprender a cuidar a un recién nacido, ni preparar la comida, porque está considerado parte de los conocimientos femeninos.

A los varones se los educa para manejar el poder, para que se orienten a la actividad científica, las matemáticas, la ingeniería o el derecho, y a ellas para que desarrollen los roles domésticos, áreas de letras y humanidades o ciencias como odontología y medicina. Lo que es verdaderamente sangrante es que, incluso en esas áreas históricamente feminizadas, los puestos de responsabilidad los siguen ocupando los varones, como, por ejemplo, la dirección de los colegios.

Entonces, ¿cómo comenzar con una educación con perspectiva feminista o coeducación? Lo primero es en la medida de lo posible es muy complicado y la sociedad no favorece que se pueda dar, una educación en igualdad a niñas y niños en el mismo entorno: para que realmente estemos hablando de coeducación, habría que usar siempre un lenguaje incluyente, darles las mismas referencias bajo los mismos aspectos con modelos femeninos y masculinos, fomentar juegos y juguetes no estereotipados, favorecer deportes sin que les diferencien entre niñas y niños, reconstruir los espacios y un largo etcétera.

Cuando se habla de fórmulas para prevenir la violencia machista, el machismo y las desigualdades sociales que perjudican a las mujeres, se llega a la misma conclusión: es necesaria una educación en igualdad para niñas y niños, desde el hogar, la escuela y la sociedad.

Está claro que sería muy ingenuo pensar que solo con eso resolveríamos todos los problemas del machismo, ya que también son necesarias leyes y cambios en el sistema económico, político y social, pero si no comenzamos a educar desde hoy en el feminismo, jamás serán impulsoras de este cambio social en el futuro.

Tenemos que educar a las niñas para que sean feministas empoderadas. Para que las futuras personas que tomen decisiones estén implicadas en el feminismo, es crucial educarles para que sean conscientes del patriarcado y el machismo y quieran eliminarlos.

Las investigaciones demuestran, además, que el éxito es más probable donde las intervenciones han trabajado con ambos: niñas y niños, mujeres y hombres, de manera sinérgica o sincronizada. para que no sigan con la cultura del machismo y patriarcado.

La construcción del género conlleva importantes desigualdades sociales, así que lo ideal sería que las personas actúen, se vistan y se expresen con total libertad, sin que se cuestione por ello su sexualidad.  Personas libres que decidan por ellas mismas cómo quieren ser, qué aspecto tener, qué vida llevar y a quién querer. Hoy, nuestra sociedad está estructurada de forma que mujeres y hombres somos desiguales, no hay personas, hay solo hombres, por un lado, con todos los estereotipos que conllevan, y mujeres por otro, con su carga de roles impuestos.

Coeducar significa educar a las niñas y a los niños en igualdad. No debemos confundirlo con la educación mixta, porque ese tipo de educación sencillamente educa a niñas y niños, pero no necesariamente como iguales.

La coeducación no es tan fácil como parece. La sociedad presiona, el entorno presiona y el futuro presiona. El patriarcado, el machismo y el androcentrismo presionan, en pocas palabras. La sociedad consumista está montada para perpetuar estas desigualdades, así que la coeducación es ahora mismo una utopía casi antisistema: hay que ir a contracorriente y, aun así, a menos que las niñas y los niños vivan en una burbuja social, las referencias androcéntricas les van a salpicar igualmente.


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