El amor romántico mata. Y no, no es una exageración. Nos han vendido la idea de que el amor es sacrificio, entrega y destino. Nos hicieron creer que las grandes historias de amor son aquellas en las que la mujer lo da todo, incluso a sí misma. Pero tras esas narrativas hay un rastro de mujeres rotas, anuladas, olvidadas o asesinadas. El amor romántico es un arma afilada, envuelta en seda.
¿Cuántas veces hemos escuchado aquello de que «si te cela, es porque te ama»? O que «el amor lo puede todo». Mantras de sometimiento disfrazados de poesía. Como bien dice Coral Herrera Gómez (2019), el amor romántico es el pegamento del patriarcado, porque nos mantiene atrapadas en relaciones donde la desigualdad se romantiza.
Pensemos en Ana Bolena. Nos contaron que fue la mujer por la que Enrique VIII desafió a la Iglesia y cambió la historia de Inglaterra. ¡Qué gran historia de amor! Hasta que dejó de serlo. Ana Bolena fue acusada de adulterio, traición e incesto. La decapitó su «gran amor». Una historia de manual: el amor como fascinación, el amor como control, el amor como destrucción.
Pasemos a Camille Claudel. La brillante escultora que terminó reducida al pie de página de Auguste Rodin. Su historia es la de tantas mujeres: la genio eclipsada por el hombre que la amaba. Rodin la admiraba, sí, pero también la saboteó. Mientras él ascendía, Camille quedó en el olvido. Terminó internada en un manicomio por «histeria» y murió aislada. Una relación «apasionada», según la versión oficial. Un caso más de violencia simbólica, diría Pierre Bourdieu (1998): un amor que despoja a la mujer de su propia historia.
La historia de Evelyn Nesbit es otro aviso funesto. A finales del siglo XIX, era la modelo más famosa de Nueva York, la musa de una generación. Pero su relación con Stanford White, un hombre 30 años mayor que ella, la marcó de por vida. La «cortejó» cuando tenía 14 años. La aisló. La controló. Hasta que la dejó. Después, su siguiente pareja, Harry Thaw, la golpeó y la usó como trofeo en su venganza contra White. La vida de Evelyn Nesbit es la muestra de cómo el amor romántico se construye sobre la explotación de las mujeres.
Podríamos seguir. Con Zelda Fitzgerald, cuyo genio fue absorbido por Scott. Con las esposas de los artistas malditos, siempre relegadas a la sombra. Con tantas mujeres anónimas que lo dejaron todo por un amor que las devoró.
El amor romántico nos ha hecho creer que hay algo noble en la renuncia. Que si no duele, no es amor. Pero el amor que anula, el amor que somete, no es amor: es dominio. Y eso, amigas, no es poético. Es una condena.
Es urgente desmontar estas narrativas. Urge que dejemos de llamarle «pasional» al feminicidio. Que dejemos de considerar «romántico» el control. Que entendamos que el amor, si de verdad lo es, no duele, no mata, no calla. Porque no hay nada más revolucionario que amar con libertad y sin miedo.
Pero si el amor romántico es un arma, entonces ¿cómo aprendemos a desarmarla? No basta con saber que la historia nos ha engañado, ni con entender que los cuentos de hadas están llenos de trampas. Hace falta arrancarnos de la piel siglos de adoctrinamiento emocional.
Una de las primeras trampas del amor romántico es la idea de la «media naranja». Como si naciéramos incompletas y solo el amor pudiera darnos sentido. Simone de Beauvoir (1949) lo advirtió hace décadas: la mujer, educada para amar, aprende a definirse a través del otro. Y cuando el otro desaparece, ella también.
Este es el gran engaño: nos hicieron creer que el amor es el destino supremo, pero nos condenaron a amar en condiciones de desigualdad. El «amor eterno» ha sido la cadena que nos ata a la dependencia.
Ejemplos sobran. Piensa en Sylvia Plath, cuya relación con Ted Hughes terminó por consumirla. O en Frida Kahlo, que sufrió las infidelidades y el ego desbordado de Diego Rivera. Piensa en tantas mujeres que amaron hasta la locura, hasta la muerte, hasta el olvido.
El amor romántico es una trampa cuando nos hace pequeñas. Cuando nos obliga a aceptar lo inaceptable. Cuando nos convence de que la violencia es pasión y la sumisión, ternura.
¿La salida? Amar de otra manera. Reescribir la historia. Decidir que nos elegimos primero a nosotras mismas. Porque el amor solo puede ser revolucionario si nos da alas en lugar de cadenas.





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