Desde hace muchos años he creído que mi destino está tratando de cambiar la terrible realidad heredada de generaciones rancias en la que vivimos, aunque cuando me adentré en el feminismo, esto se convirtió en una realidad. Durante ese camino he sido demasiado activa en redes sociales (no lo hagan, niñas). Y claro, como por ley de atracción, llegaron grupos de personas (mejor conocidos en algunos círculos como “incels”), que han hecho de su pasatiempo tratar de “arruinar mi vida”. Para mí, desde hace muchos años, es normal recibir mensajes de odio de tanto en tanto. Al final, conozco la redes y sé cómo –mal– funcionan. Y este es el contexto en el que explotó una bomba.
El 7 de junio asistí a una protesta por la brutalidad policiaca contra Melanie. Fue totalmente pacífica, por eso sorprendió tanto cuando vimos que había cientos de policías hombres para amedrentar a las 10 brujas que estábamos ahí, armadas con un megáfono y muchas palabras. Ese día, además de policía, había prensa. Demasiada prensa. Fácilmente eran más que las manifestantes mismas. Fue en las notas de este día que todos estos medios expusieron mi fotografía con la cara destapada.
Después de la manifestación del 8 de junio, desde cierta cuenta de Twitter, un hombre lanzó lo que podemos llamar una –casi– literal cacería de brujas. Tomó la fotografía de las notas del 7 de junio y algunas del 8 de junio. Pidió a sus seguidores que me identificaran y expusieran mis datos y claro, con los antecedentes chulos con los que iniciamos este entretenido texto, fue que explotó la bomba. Los “hombres” que me acosan desde hace aproximadamente 4 años comenzaron a exponer mis datos. En este momento, sin evidencia, ellos aseguraron que yo había hecho cosas que NO hice. Era de esperarse que gracias a este apellido que me cargo, las cosas se pusieran todavía peor. Y claro que se pusieron, porque al final así funciona esto de levantarte del lado equivocado de la cama.
En lo que sentí como un parpadeo, un hashtag con mi apellido ya era primer lugar en tendencia nacional. Inmediatamente los medios de comunicación comenzaron a violar tranquilamente mi presunción de inocencia una y otra vez. Mi familia comenzó a localizarme porque “me habían visto en el noticiero”. Quién sabe cuál, pudo ser con Javier Alatorre, Esteban Arce, Ciro Como-Sea, en Hoy o en Ventaneando, que al final son todos la misma cosa. Como siempre mi mala costumbre de “andar en todo”.
Naturalmente y por la misma ley de atracción, comenzó a llegar una oleada de amenazas de muerte, violación y demás derivados creativos de estas dos, cortesía los incels de siempre y también de las nuevas adquisiciones para el club de fans tóxicos. Ya era la enemiga pública número uno de México porque fui a una manifestación y me apellido de cierta forma. Y por ser feminista respondona, anarquista y especialmente, porque siempre me sigue el caos y encima me atrevo a ser mujer. Qué inconsciencia, qué escándalo.
En México se inició una cacería de brujas desde que el movimiento feminista comenzó a llamar la atención y no soy yo la única que ha sido atacada y expuesta con un doxing brutal. Sistemáticamente han afectado la vida de muchas mujeres de esa forma y es algo que se sabe abiertamente. Es parte del imaginario público y aparentemente todos están de acuerdo con ello. Ok, boomers.
Sin embargo, no pienso permitir que el ocio de algunos arruine mi vida ni mi salud emocional, porque a nosotras nos toca seguir luchando contra todo este odio, para que un día nuestra libertad no se vuelva a poner en tela de juicio. Nadie dijo que iba a ser fácil, pero luchar y dar la cara por nosotras mismas, a estas alturas, ya es mera supervivencia. Nuestra generación está jugando un papel clave en el cambio de paradigmas y el entierro del actual statu quo. Nosotras somos puntas de lanza para el cambio que viene, por eso el autocuidado es revolucionario. Guardemos las lágrimas y las inseguridades para sacarlas en las noches de juerga con las amigas –en un espacio seguro– y usemos nuestra energía para seguir haciendo que se tambaleen las “buenas costumbres”.
Antes nos quemaban en las hogueras, ahora nos queman en redes sociales. Y nosotras, como la hidra de Lerna.





